sábado, 26 de enero de 2019

LOS GRUPOS DE AYUDA MUTUA

Al poco de abrir este blog una persona me pidió que explicara mi experiencia como participante de dos grupos de ayuda mutua destinados a supervivientes ASI, uno presencial y otro virtual. Para poneros en antecedentes, hace cosa de siete años y medio me registré en ForoGAM, un espacio en la red creado por Joan Montané en el año 2002 que está destinado a todos aquellos supervivientes o víctimas que deseen compartir su experiencia con otras personas en la misma situación. Es, por tanto, un grupo de ayuda mutua, pero al cual se accede a través del ordenador. No hay un contacto cara a cara con el resto de usuarios (algo positivo para aquellos que aún no se sientan preparados, o que prefieran mantener el anonimato) y sin embargo el calor humano que hay en ese espacio se nota desde las primeras semanas en él.

Al principio de registrarme tenía mucho miedo, pues pensaba que mi caso era una menudencia comparado con el de otras víctimas que habían sufrido abusos durante años por parte de familiares muy cercanos, y creía que a lo mejor el resto de usuarios del foro se ofenderían o incluso me insultarían por atreverme a decir que yo (que ni siquiera tenía recuerdos 100% nítidos) había vivido lo mismo que ellos. Ese día abrí un hilo contando mi caso –me acuerdo de que se titulaba “CREO QUE soy una superviviente”- y cuando vi que tenía las primeras respuestas entré a leerlas con un poco de temor, pero para mi sorpresa sólo encontré palabras de comprensión. Recuerdo que una chica me dijo algo que me emocionó y se me quedó grabado: “Yo he sufrido abusos durante 12 años de mi infancia por parte de un familiar, y creo que tienes el mismo derecho que yo a llamarte superviviente”. No estoy segura de si fueron estas sus palabras exactas pero el sentido del mensaje sí era prácticamente el mismo. Para mí fue como si me acabara de dar un abrazo de esos que reconfortan en los momentos bajos. A partir de entonces, poco a poco, me fui atreviendo a participar cada vez más, al principio con la sensación de estar diciendo tonterías y de ser una especie de intrusa (porque seguía pensando que mi caso no era tan grave como para pedir ayuda) pero también de que aquel era el único espacio por entonces en el que podía contar abiertamente todas aquellas “rarezas” y “taras” que nunca me había atrevido a explicar a nadie, y que en realidad sólo eran secuelas.

En aquel instante fue la forma de empezar a darle voz a mi niña perdida, pero siempre desde el anonimato. Recuerdo que algunas supervivientes que vivían en mi localidad me propusieron quedar para conocernos y tomar un café, y siempre dije que no. Para mí era como si tuviera un alter ego que había sufrido abusos sexuales y hablaba abiertamente de ello, pero no quería que nadie (excepto mi psicóloga y alguna amistad muy, muy cercana a la que le pedí que guardara “mi secreto”) pudiera relacionar esa otra identidad con la persona que conocían el resto de mis allegados, la chica “normal” con una vida como la de cualquier otra persona, que estudiaba, tenía una familia, juventud, amistades –muy pocas, apenas una o dos, pero amistades al fin y al cabo-, que se estaba labrando un futuro… creo que de alguna forma veía mi pasado abusivo como una mancha que podía destrozarme. Siempre tuve la percepción, de alguna manera, de que yo estaba destinada a eso: a perderme. Como si en algún momento de mi vida me hubieran leído una profecía que me auguraba un futuro en el que estaría constantemente corriendo para huir de monstruos y demonios que, si no vigilaba, me iban a atrapar. Y supongo que en mi cabeza admitir que había sufrido abusos de niña era reconocer que el peligro existía. Esa mancha, ese “Prestige” invisible y metafórico que en el fondo resultaban ser las secuelas que arrastraba, podía extenderse por cada faceta de mi vida hasta devorarla y devorarme. O sea que sí, yo estaba dispuesta a hablar en un foro de internet de lo que me habían hecho cuando era pequeña… pero nunca dando datos como mi edad o la ciudad donde había nacido, jamás identificándome. Y por supuesto, nunca podría hablar con otro/a superviviente cara a cara, a viva voz y compartiendo nuestras heridas para ayudarnos a evolucionar como personas.

Fue así hasta que, tras 5 años de terapia y la insistencia de algunas compañeras del foro, en enero de 2016 empecé a quedar con supervivientes de mi localidad que había conocido a través de ForoGAM.  Recuerdo que el primer día no me atreví ni a presentarme, me quedé muda cuando llegué a la mesa de la cafetería donde ellos estaban sentados. Creo que si me hubieran hecho salir delante de un auditorio frente a cientos de individuos para hablar abiertamente de mis abusos me habría sentido igual de expuesta. Por suerte tuvieron paciencia conmigo y la experiencia, poco a poco, fue siendo positiva. Aun así, en cierta forma sentía que lo único que estaba haciendo era reunirme con cuatro supervivientes más, con los cuales no hacía falta que hablara de abusos fuera de allí, y que me guardarían “mi secreto” igual que yo se lo iba a guardar a ellos. La lealtad sería mutua. Además, en cierta forma ya los conocía a través del foro… así que dejé de sentirme tan expuesta a medida que pasaron los meses. Entonces llegó enero de 2017 y di otro salto cualitativo.

En aquella época supe a través de dos personas del foro que una asociación que lucha para erradicar los ASI iba a crear un grupo de ayuda mutua en mi ciudad para supervivientes. Ambas me preguntaron si me planteaba apuntarme, y lo cierto es que la idea me parecía tentadora, pero también me dio mucho vértigo. Porque si lo hacía no tendría que sentarme frente a cuatro o cinco personas sino frente a diez, a las que no conocía, que seguro que habrían pasado por experiencias más duras que la mía, que a lo mejor no habían padecido amnesia traumática (de nuevo mis inseguridades salieron a flote) y que por tanto recordarían sus abusos mucho mejor que yo los míos. Pero además, a mí siempre me había costado mucho integrarme en un grupo. Solían decirme que de tú a tú era tímida, pero que cuando estaba rodeada de varias personas directamente era como si desapareciera. Me quedaba quieta, procurando que no se notara que estaba y apenas cruzaba palabra con nadie. Además, si quedaba con otros supervivientes de ForoGAM para tomar un café podía marcharme al cabo de un par de horas, o podíamos acabar hablando de otros muchos temas…  pero en ese grupo de ayuda mutua acabaríamos hablando el 95% del tiempo de nuestras experiencias, nuestras secuelas… y todo eso cara a cara, con nombres reales, sin máscaras, sin anonimato. No me veía del todo. Aun así, decidí apuntarme.

Dos años más tarde no sólo no me arrepiento de ese paso, sino que creo que fue una nueva semilla para atreverme a romper el silencio sobre los abusos. Porque creo que las personas que te encuentras en un grupo de ayuda mutua para supervivientes acaban haciendo un poco de espejos de ti mismo en muchos aspectos, principalmente en mi caso de aquellos que siempre he considerado más íntimos. Lo que nunca pensé que le fuera a contar a nadie a viva voz, aquello que me daba miedo exponer a alguien por si la otra persona me juzgaba o no me comprendía, mis “tonterías”, lo que me convertía en una persona diferente al resto que conocía, todas las partes de mi personalidad que me hacían sentir marcada y sucia… al final sólo son secuelas. Y verlo en otros me ayudó a reconocerlo en mí misma, así como a darme cuenta de aspectos de mi propio trauma que hasta entonces había pasado por alto.

Mentiría si dijera que ya no siento vértigo cada vez que comparto eso, o que mis fantasmas no me gritan de vez en cuando –antes de empezar a decirlo- que mejor me calle, pero ni punto de comparación con lo que me pasaba hace dos o tres años.  Y ya no hablemos hace seis o siete. Es más, a veces pienso que si reunieran a un grupo de personas que me conocieron en aquella época (sin continuidad) junto a otras que empezaron a relacionarse conmigo durante los últimos… ¿Quince meses? Y les pidieran que me describiesen probablemente dirían algunas cosas similares, pero otros de sus adjetivos totalmente opuestos. Porque hace un lustro ni se me habría ocurrido mostrar según qué miedos, características o formas de pensar que, al fin y al cabo, me construyen como persona. Es un trabajo continuo, y los avances que he hecho en mi proceso no tienen que ver solamente con la participación en grupos de ayuda mutua, pero sin duda ha contribuido. Darte cuenta de que no estás sola, de que aunque cada persona tiene sus singularidades formas parte de un conjunto, de un todo, ayuda. Al menos a mí me ha ayudado.

Creo que los abusos me dieron la percepción de que estaba aislada, de que era diferente al resto de personas que me rodeaban. Como si ellas vivieran en el planeta Tierra y yo en un mundo aparte donde no habitaba nadie más de mi misma especie. Como si me viera obligada a fingir que era igual que los demás, no fueran a notar la marca sucia y asquerosa que llevaba por dentro. Y con miedo a que se ofendieran cuando descubriesen que, en realidad, yo no era una de ellos. Que estaba estigmatizada. Conocer a una persona que también se ha sentido así ayuda a entender que no eres un bicho raro. Pero conocer a varias te hace ampliar la perspectiva. Incluso ver en ellos a seres humanos completos, a pesar de que tienen heridas abiertas que todavía sangran, te hace entender que no eres –sólo- el saco de traumas y secuelas que pensabas. Y eso, cuando te has pasado la vida creyendo que fue tu culpa, que eres malo/a, que no vales lo suficiente para que nadie te aprecie sin pedir algo a cambio, que el día que te mueras ni el tato te echará de menos, que en verdad no mereces que lo hagan… porque provocaste, porque aún provocas, porque engañaste a todo el mundo, porque lo permitiste, porque haces daño aunque no quieras, porque eres horrible, porque… eso, que es nada más y nada menos que tener una red de apoyo formada por personas que te entienden, te aprecian sanamente y no te juzgan, después de décadas luchando a diario contra pensamientos que te han hundido en la miseria poco a poco, vale oro. Tanto, que no se puede pagar en una sola vida.

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